Y es que me odio por haberte amado más
de lo que te odio por no haberme amado. Ahora debo perdonarme. Pero
si no conseguí hacerlo contigo, con todo lo que te odio, ¿cómo
hacerlo conmigo?... ¿Sabes? En realidad, no te odio. Te sigo
queriendo. Y por eso me odio aún más. Y porque el segundo que pasa,
escurriéndose entre los dedos de un modo imperceptible, no vuelve. Y
yo desperdicié demasiados en ti. Sin ti. Y hace que me odie aún
más. Hace que odie esta vida. Tanto como el paso del tiempo. Ese
tiempo absurdo en el que divago por las profundidades de un mar
celestial en el que no puedo ver el fondo y en el que no puedo salir
a la superficie a respirar. Está todo tan oscuro aquí. Y estoy tan
solo.
Tengo miedo. Tengo miedo de no ser
suficientemente bueno para esta sociedad. Tengo miedo de fallarle a
las personas que confían en mí. Tengo miedo de vivir. Tengo miedo
de ti. Y te echo de menos sin haber llegado a tenerte jamás.
Estas son las palabras de un perdedor que aceptó su rol en el juego que no quiso jugar. Estas son las palabras de una persona que pasa los días buscándote mientras intenta encontrarse a sí mismo.